My habit to count things

By Dora A. Ayora Talavera | @DoraAyora

We acquire some habits during our lives without noticing how and when we make them ours. These customs are not necessarily useful but we have them. In my case, for example, I have developed the ability to count things, I sometimes do this as a hobby, for curiosity and other times as part of an investigative action.

I count things wherever I go; while I am driving I can count “yellow Volkswagen sedan” or just cars with the same colour. I could not guess how many people have the same car than me.

When I travel, it is very interesting to know how many sits the plane has, the bus, or how many coaches a train has. How many suitcases are from the same brand than mine and how many have the same colour.

Buildings are amazing, they have lots of windows to count, how many are opened or closed, and how many have curtains, lights on or some ornament to enjoy.

If you participate in a Congress you can be surprised on how many nationalities can be together in the same place, how many different continents we come from and how many languages we can speak; even the common counting about how many men and women we are.

Long waits in rooms are the perfect excuse to count light bulbs, lamps, different kinds of chairs and amount of people in transit through these spaces and corridors. Also they are a good excuse to count the frequency of words, letters in pamphlets or advertisements that are in my visual field, it is worth recognising that lately I have noticed it a bit diminished.

I have counted how many members the choir, orchestra and viewers in the performance of the Ninth Choral Symphony of Beethoven has, as well the number of dancers that the Swan Lake has and how many people go to the theatre not wearing a black coat.

In the classroom, while students are working, I use to count how many of them are using jeans, short pants and skirts and how many different kinds of fabrics they are made from. I take into a count how many of the students wear sandals, tennis shoes and formal shoes. If a colour in a blouse or a T-shirt is more frequent I count how many different prints and full colours they have.

Though I enjoy counting things, good manners indicate me that I never must count how many tacos someone eats or how many beers he drinks, that does not look good!

I have made sad counts, when you say good bye and you know that this farewell has embed time… a year, 12 months, 52 weeks, 365 days, 8760 hours, 525600 minutes, and multiply by 3, 4 or 5 they become your existence.

I also count life stuff. I have 17 years counting, every 15th of April, the first time that my daughter Ana stood up by herself in her bed. I count the anniversaries of my surgeries, my lost toenail, my kidney stone, the death of my father, the accident of my mother; my first check and of course my van’s anniversary.

Three years ago I started my own counting, just because I wanted, since the 4th of December of 2011, I count days. Every morning in my notebook I write the date and the number of that day, I have counted 1248 days, I can say, days of happiness, because they are full of a special consciousness about my life, my joy and my desire to be fine.

Counting things is absolutely useless, but it entertains me. It amazes me what I discover and it wonder me that always there is something new to count. Then, to count is a way to say who you are, where you have been, what you have seen; numbers and counts become a witness of your life and that is what makes a useful habit in a record about you, and then counting with numbers become a way to confess, to narrate yourself numerically, it is not an innocent counting about who you are.

From my side I want to continue counting, full notebooks with numbers to have a quantified record about what I live, to report myself by figures and narrate myself by digits.

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El hábito de contar

Por Dora A. Ayora Talavera | @DoraAyora

Uno adquiere hábitos en la vida y no se da cuenta cómo ni cuándo ya los hizo suyos. Hábitos que no necesariamente tienen una utilidad práctica, pero los tenemos. Yo por ejemplo he desarrollado la habilidad de contar cosas. A veces como pasatiempo, por curiosidad y otras con fines netamente investigativos.

Cuento cosas  donde quiera que vaya, mientras manejo por ejemplo, puedo contar “volchos amarillos” o camionetas del mismo color. Nunca había notado cuánta gente tiene un coche como el mío, hasta que los conté.

Cuando viajo, es un entretenimiento muy interesante averiguar cuántas filas tiene el avión o el camión, y cuántos vagones un tren. Cuántas maletas son de la misma marca que la mía y cuántas hay del mismo color.

En los edificios es increíble el número de ventanas que podemos encontrar, cuántas están cerradas y cuántas abiertas, las que tienen cortinas, las luces encendidas o adornos pegados que puedes disfrutar.

Al ir a un congreso puedes maravillarte de cuántas nacionalidades podemos coincidir en un mismo evento, de cuántos continentes venimos y cuántos idiomas distintos hablamos, además de la cuenta común sobre cuántos hombres y mujeres somos.

Las largas esperas en las salas son motivo perfecto para contar focos, lámparas, tipos de sillas y número de personas que transitan por esos pasillos y espacios. También para contar el número de palabras, letras repetidas que están en folletos y anuncios publicitarios que se encuentra dentro de mi campo visual, valga reconocer que últimamente le he notado un poco disminuido.

He contado cuántos miembros tiene el coro, la orquesta y los espectadores que coincidimos para escuchar la Novena Sinfonía Coral de Beethoven, así como el número de bailarinas que hay en el Lago de los Cisnes y el número de personas que van con abrigo de color al teatro.

En clase, mientras los estudiantes trabajan, cuento cuántos de ellos usan pantalón, short o falda de mezclilla y cuántos de estos son de otro tipo de tela. Contabilizo cuántos llevan chancletas, tenis y zapatos formales. Si predomina algún color de blusa o playera, cuántos son estampados y de color liso.

Aunque disfruto contar cosas, los buenos modales me indican que nunca debo contar cuántos tacos se come alguien o cuántas cervezas se toma, ¡eso es de muy mal gusto!

He hecho cuentas muy tristes, de cuando dices adiós y sabes que ese adiós lleva incrustado el tiempo… un año, doce meses, 52 semanas, 365 días, 8760 horas, 525600 minutos, y que multiplicado por 3, 4 o 5 se vuelven tu existencia.

También cuento cosas de la vida. Ya llevo 17 años contabilizando cada 15 de abril, la primera vez que mi hija Ana se paró sola en su cama. Contabilizo los años de mis cirugías, de mi uña perdida, de la piedra de mi riñón, de la muerte de mi padre y el accidente de mi madre; del cobro de mi primer cheque y por supuesto, del aniversario de mi camioneta.

Hace poco más de tres años empecé mi propia cuenta, así, solo porque quise, desde el 4 diciembre de 2011 cuento los días. Cada mañana en mi libreta de notas pongo la fecha y el número de día que es, llevo contabilizados 1248 días, puedo decir que son de felicidad, pues están llenos de una conciencia especial sobre mi vida, de mi alegría y deseo de estar bien.

Contar cosas es totalmente inútil, pero me entretiene. Me asombra lo que descubro y me maravilla que siempre hay algo nuevo que contabilizar. Entonces contar es una manera de decir quién eres, a dónde has ido, qué has visto; los números y las cuentas se vuelven testigos de tu vida y es eso lo que convierte un hábito inútil en un registro de ti, y entonces contar con números se vuelve una manera de confesar, de narrar numéricamente, es un conteo nada inocente de quien eres.

Por mi parte quiero seguir contando, llenar libretas enteras de números para tener un registro cuantificado de lo que vivo, para relatarme en cifras y narrarme en dígitos.

Mail: finaat@prodigy.net.mx