When I learned about my Mother Country

Even though I was not a good student, I have pleasant memories about primary school. I was, and I am, that kind of person “who does not learn at the first attempt”, one of those who almost failed every course. Unlike my six sisters, I was never brilliant and I never earned an outstanding grade, I was nowhere near to being the favourite student of the teacher. In fact, I am sure my poor mother was worried about my future.

Even so, I remember happily my long walks going to the school. The Cold weather penetrating the skinny body I had in that time and my freezing hands. The Cold weather that made me in many occasions —here among us— go to  school wearing my pyjamas underneath my school uniform to keep my body warm, in spite of the protest of my sisters, my walking partners.

We entered to the classroom paced of the energising “Zacatecas’ march” taratatá-tará-tatá  taratatá-tará-tatá. And although dancing wasn’t my gift either, I enthusiastically moved my body at the rhythm of “La Culebra” in sixth grade, dressed in my Mexican orange dress.

I remember lemon sorbets sold by the janitor, Don Pedro, at the break and the special strawberry sorbets that he gifted every year to celebrate the children’s day. Let’s not forget the importance of  our sports’ teacher — according to my friends and I, he was absolutely handsome and he smelled delicious — we passed in front of him over and over again just to smell him.

Although it was stifling, I got over the threat of having to go backwards a year if I could not learn the time tables, and although the fear of marks book was always present, I survived.

Perhaps I did not memorise what school expected. Maybe I forgot many details about History that we studied. Maybe I still do not understand anything about maths. What can I say about grammar? Difficult!

In Mexico, we are living very complicated and unsettled times, they make me think about the best and the most important lesson I learned at school: What Mother country means.

I do not know how, when and in which way, but school years thought me first of all, to love Mexico… and today it hurts me.

I know that my daughter Ana, who was born almost twenty years after my passage of primary school, loves her country, but I am sure that in a very different way than me, because of the way I was educated and the way my school taught me what it means to be Mexican.

To pay homage to the national flag —in spite of fainting every time during the ceremony— were actual solemn rituals, because we felt them, because we learned to live them. Because that ceremonies to a 7, 8, 9 years old girl, were more than just singing the national anthem and saluted the national flag while the escort passed in front of us to finally recite in unison a pledge of allegiance. Those moments were a way to create an identity, a compromise and respect to my nation, my culture, my home.

Today, behind the window of my room in the stillness of the afternoon, seeing my garden, I hurt. I think, how will we stay afloat? How will we repair this country? Who will make a difference? How can I contribute to making things change from my activities as a teacher, a therapist and a mother?

Sometimes I see myself as a coward, others as a powerless, others more, as a revolutionary that from her trench she makes her part. But it is not enough.

Mexico hurts me.

Lately I have wished that It does not matter to me, it does not hurt me, I act as if nothing happens, I try being indifferent, but I cannot.  Days like today when I feel desperate and angry, not knowing what to do, I tell myself: I would like to never have learned what Mother country means!

@DoraAyora

Cuando aprendí la palabra Patria

Aunque nunca fui buena estudiante, tengo muy gratos recuerdos de la primaria. Fui, y sigo siendo, de las que “no aprenden a la primera”, de las que siempre pasaron de panzazo. A diferencia de mis seis hermanas, nunca fui brillante ni sobresaliente, menos la consentida de la maestra. Es más, estoy segura que alguna vez mi pobre madre debió preocuparse por mi futuro.

Aun así recuerdo felizmente las largas caminatas para llegar a la escuela. El frío que me calaba el cuerpo huesudo —que en esas épocas tenía— y me congelaba las manos. Un frío que muchas veces me hizo, aquí entre nos, ir con pantalón de pijama bajo del uniforme para mantenerme calientita, a pesar de las protestas de mis hermanas, compañeras de caminata.

Entrábamos al salón con “La marcha de Zacatecas” caminando en fila con aquel energizante taratatá-tará-tatá  taratatá-tará-tatá. Y aunque el baile tampoco fue ni ha sido lo mío, con qué entusiasmo me moví al ritmo de “La Culebra” en sexto, con mi vestido naranja y sus cintas de colores.

Recuerdo la nieve de limón que vendía el conserje, Don Pedro, en el recreo y la especial de fresa que preparaba para regalar un vasito a cada niño los 30 de abril. No menos importante era el maestro de deportes —según mis amigas y yo era guapísimo y olía delicioso— pasábamos una y otra vez junto a él sólo para olerlo.

Aunque fue agobiante, logré salir adelante de la amenaza de regresarme un año atrás si no me aprendía la tabla del 9, y aunque el temor a la entrega calificaciones siempre estaba presente, sobreviví.

Tal vez no aprendí de memoria todo lo que se espera. Tal vez ya olvidé mucho de la Historia que repasamos una y otra vez. Tal vez sigo sin comprender parte de esas matemáticas que tanto que me enfatizaron. Del modo, tiempo, número, persona de la gramática ¡qué puedo decir! Difícil.

Estas épocas tan revueltas y sucias que vivimos en el país, me han hecho pensar en la lección que mejor aprendí, la lección más importante que en la escuela me enseñaron: la palabra Patria.

No sé cómo, cuándo ni de qué manera, pero eran años donde ante todo me enseñaron a amar a México… y hoy haberlo aprendido me duele.

Sé que mi hija Ana, nacida casi veinte años después a mi pasaje por la primaria, ama a su país, pero estoy segura que de una manera muy distinta a la mía, por la forma como me educaron, por la manera como en la escuela se hablaba de ser mexicano.

Los homenajes a la Bandera —aunque me desmayaba— eran rituales solemnes de verdad, porque así lo sentíamos, porque así nos enseñaron a vivirlo. Porque esas ceremonias para una niña de 7, 8, 9 años no eran nada más cantar el himno y saludar a la bandera mientras la escolta se paseaba frente a nosotros para después decir a coro el juramento; aquellas mañanas eran una manera de crear una identidad, un compromiso y respeto por mi tierra, mi cultura, por mi casa.

Hoy, tras la ventana de mi habitación en la quietud de la tarde, miro mi jardín y me duelo, pienso ¿cómo vamos a salir de ésta? ¿cómo vamos a hacer que el país se componga? ¿quién va a hacer la diferencia? ¿cómo contribuyo desde lo que hago como docente, terapeuta y madre para que las cosas cambien, para que sean mejor?

A veces me veo cobarde, otras impotente, otras más como una revolucionaria que desde su trinchera hace lo que puede. Y no es suficiente.

Me duele México.

He pensado últimamente que quisiera que no me importara, que no me doliera, que pudiera hacer como si nada. Ser indiferente. Pero no puedo. Y en ocasiones como hoy que me siento desesperada y rabiosa sin saber qué hacer, me digo: ¡ojalá nunca hubiera aprendido a sentir la palabra Patria!

@DoraAyora

La ironía viral de los Memes

Publicado en Nexos. 

Es imposible no reír a carcajadas al ver a Anastasia y Griselda —las hermanastras de Cenicienta— con la leyenda “A ver si nos pescamos al Harry” a propósito del reciente viaje de Peña Nieto con su familia a Inglaterra.

Cuando uno logra sobreponerse al ataque de risa entonces puede pensar en el ingenio que se requiere para hacer un meme, en quién será la persona que está detrás él y si acaso no tienen nada más que hacer.

¿Qué ha hecho tan populares a los memes? ¿Dicen algo de la cultura contemporánea?

Mientras los avances tecnológicos, médicos y las políticas de salud, han aumentado la esperanza de vida en todo el mundo —en general 81 años para hombres y 87 años para mujeres, según la Organización Mundial de la Salud— paradójicamente lo que nos rodea dura menos tiempo. Una licuadora, un coche, los muebles de tu casa, un novio, un matrimonio, son ahora casi desechables.

La vida ya no es ese laaaaargo periodo en el que crecemos, nos reproducimos y morimos; ahora parece una cadena de acontecimientos breves que se unen unos con otros. Vivimos épocas donde las cosas necesitan ser rápidas. No nos gusta esperar. Tenemos prisa. Los dispositivos electrónicos se actualizan a tal velocidad que cuando nos acostumbramos a la 3ª versión ya salió la 4ª y se especula sobre la 5ª.

Esta evolución de la cultura va de la mano con modos de lenguaje y comunicación congruentes con la dinámica social. Los memes, como lenguaje y fenómeno lingüístico, ayudan a construir esta cultura de lo concreto y veloz. Son ejemplo de los modos sociales de comunicación que favorecen esta transformación cultural.

Aplicada a la comunicación y vista como una forma de lenguaje, la memética —se refiere a la mezcla de las palabras memoria y mímesis (imitación)— describe para mí ese aspecto “concreto y veloz” de la cultura contemporánea. Nos comunicamos con mensajes breves y concisos transmitidos en forma visual a través redes sociales, blogs, correo electrónico y noticias, leyendo desde una computadora, una tablet o un teléfono celular. Si pienso en su función social, parece que más que la veracidad del mensaje su intención primordial es decir algo irónicamente y hacerlo viral.

Lo memes nos ofrecen crítica irónica, reflexión sarcástica, lamentos burlescos, propaganda venenosa, son como un murmullo hiriente de la posmodernidad que se propaga a velocidades virulentas en las redes, haciéndonos reír y participar de una dinámica social, de una comunicación sin medida que parece no tener una finalidad clara.

Al ser anónimos, dan libertad para decir lo que uno quiera, sin miedo a la censura. Permiten burlarse grotescamente de las autoridades, quejarse de los políticos, ridiculizar las injusticias de un partido de futbol o simplemente hacer un chiste de algo cotidiano.

Pero ¿qué logran? ¿son sólo una manera de comunicar? ¿esperamos que tengan más trascendencia? ¿son un desahogo para burlarnos del mundo que vivimos? ¿esperamos que generen una verdadera conciencia y cambio social? ¿O son, simplemente, diversión y pasatiempo contemporáneo?

Como proceso creativo, hacer memes no precisa solamente de una buena frase acompañada de una imagen. Necesita de un especial sentido del humor, un humor que se actualiza, un humor de lo que ocurre diariamente, un ánimo para crear que entiende cómo es el mundo actual, una habilidad extraordinaria para pensar y comunicar de manera simple y breve.

Si la gente en la actualidad se comunicara con “memes” imaginemos cómo cambiaría drásticamente nuestra forma de relacionarnos y de aprender. ¿Cómo le hacen los padres para comunicarse larga y detalladamente con sus hijos adolescentes que tienen un lenguaje basado en memes? ¿Qué pasa con el amor entre las parejas y cómo resuelven sus diferencias si alguno de ellos solo piensa en memes? ¿Cómo discuten inteligentemente y promulgan leyes los legisladores si solo piensan en memes? Y si se usan como método didáctico, ¿cómo fomentar la lectura de grandes obras literarias y el diálogo académico si las nuevas generaciones se comunican con memes?

Con esta forma de comunicación ganamos un nuevo tipo de crítica y conciencia social: la ironía viral, que además de creativa, es divertida y se propaga a toda velocidad. Pero también perdemos riqueza en el lenguaje, en el diálogo y en el entendimiento mutuo y favorecemos modos de ensañarnos con ciertas perspectivas y modos de vivir.

A la larga ¿en qué convertiremos a los memes? ¿en una tendencia comunicativa más que se esparce como virus y que morirá tan rápido como se propaga? ¿o en una forma de comunicación con trascendencia social, que llegó para quedarse y retar continuamente nuestra necesidad de diálogo, entendimiento y acción, en pro del cambio social?

@DoraAyora